JAINITAS

Capítulo 2

Casi se me ordeña el tobillo al caer, el Fernando me tomó del hombro y me levantó al tiempo que gritaba: “corre, vaquero, corre que ahí vienen los vacunos”. La puerta de la granja formolosa y escolar se abría y la Maira Suárez apareció ya sin espuma en la boca. Besó al champe este en la boca. Yo quería besarla pero no sabía cuál era la situación agraria de esos dos. Seguimos trotando y se oía otra vez: “corre, vaquero, corre que ahí vienen los vacunos”. Las calles de la ciudad ardían, hasta sentí que se me derretían las suelas en las pezuñas. Le dije al Fernando “no tan rápido” y aceleró tanto, que casi mato a una jainita de un empujón.

La reina cayó despacio, y vi claro cómo se abrían sus piernas y se le liberaba la tela sudada, tragué saliva con tal carrera que acabé tosiendo a su lado, el suelo ardía, entonces el Fernando se acercó y ayudó a levantar el cuerpo tembloroso de la jainita, luego observé sus piernas a medio tostar. “Perdón reina” le dijo, “traemos carrera y mi champe quería llamar tu atención como fuera”.

La jaina me miró y notó mis codos heridos,  el sudor en la frente, me sonrió ya sin miedo, me ayudó a levantarme. Sus manos estaban suaves. Le contesté jadeando que gracias,  el Fernando me gobernó la cabeza con la mano y le sonrió a la reina, “no seas formoloso, Benjamino, que a las reinas se les trata con respeto”. Minutos después, ya había conseguido su teléfono. 

Andaba rebosando en calor y en humores de diablo, el Fernando se comía a todas las jainitas de un solo bocado, no había una que se le escapara, y esta dama estaba noble, como de exhibición en familia, la hembra tenía la tela sudada, y eso era lo que se necesitaba para liberar a la fiera, para volverse vaquero en su cama. 

Sin embargo, las reinas no eran mi especialidad, por eso quería llegar al centro y aprender del champe de todos los champes, dejar de pensar en los muros, en los festivales de la madre al aire libre  donde me quedaba callado con las risas de la vacunada, tan cobarde y vacunada, criada en el silencio de los muros. Odie más los muros, empecé a pensar bien en todo lo que me habían quitado y le dije al Fernando que esa jaina era mía, que yo le había visto las nalgas antes de que él se volteara.

“No seas gayolo, hay jainas suficientes para los dos”

Pero yo no quería otras jainas, yo quería a esa, a la reina a la que le vi escurrir el duraznito, le dije al Fernando y me contestó otra vez que andaba de gayolo, no le hice caso al champe y me eché a correr detrás de la jaina.

Su falda se le veía dura y húmeda por el calor de día, le tomé el brazo, empezó a gritar que la soltara, que esa no era manera de tratar a una dama. Pero las damas son traicioneras, se mueven bien inesperado, te escupen en la cara cuando ya se te acabó la saliva. Entonces le dije que no me escupiera, que yo la quería sudada, que era un vaquero aprendiendo de la vida y ella estaba perfecta para enseñarme a pasear por la calle, a tomarla del brazo, a correr a hacia ella sin empujarla. Pero la jaina se resistía y yo sentí hueca la panza, no pude seguir, me eché al suelo a chillar y a pedirle perdón.

“Échate mejor algo en la cara, yo soy una dama, sí quieres verme tranquila llévame a tomar café, o al cine, no me jales en medio de la calle”. 

Iba a responder cuando el Fernando llegó sin piedad a gobernarme el estómago, repetía “te voy a quitar lo vacuno a patadas, te voy a patear hasta que escupas al granjero”. La reina le gritó que se detuviera, que ya estábamos entrando en razón. Después entendí que el Fernando lo disfrutaba, ya sabes, patear champes y quedar como vaquero en cualquier situación, sacarle el chamuco a los camaradas. 

Tiempo después el Fernando se disculpó conmigo y con la nueva reina que resultó llamarse Zamara. No sé por qué le disculpé la ofensa al vaquero, estaba emocionado por el mundo de vaca loca, hasta supuse que de eso se trataba todo, de caer y ser pateado y saltar muros y jalonear jainitas. Un mundo salvaje, tan salvaje que la Zamara se olvidó de toda violencia y me dijo que nos viéramos esa misma tarde.

 – Dime que sí, demuéstrame que eres un vaquero.

– Claro que es un vaquero, ¿tienes hora a las seis en la Dos Naciones?

– Le voy a dar esfuerzo, pero le invitan a la dama una cebadora.

– El camarada Solís se va a encargar de tenerte fresca, ¿verdad, mi champe?

Asentí mirando al cielo y luego al suelo aún ardiente. Era la primera cita con una jaina de mi vida. Me mordí el labio mientras sentía pelotazos en el muro. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era esta vida de violencia formolosa y besos de champe para jainitas destrozadas?

Entramos a la Dos Naciones, andábamos bien sudados de ciudad y nos recibieron unas de reinas con sobrepeso junto a un par de cebadoras de la punta del Ajusco, sentí que se me enfriaban los choclos al primer trago. Al fin estaba en un espacio libre de cabecillas, los que asegurado huyeron de este templo por las luces neones que luego entendí eran muy antiguas, y luego que el dueño era viejo, y luego que las reinas con sobrepeso también estaban antiguas. Pero nada de eso importa, el lugar era único y tenía Dos Naciones dentro. La de abajo, llena de vacas locas. La de arriba, lista para recibir a todos los formolosos hambrientos de jainita. Me sentí  bien doce del día y le pedí el reloj a una reina con sobrepeso. “Son las 11, vaquero” contestó escupiendo cebadora. 

Era la segunda vez que me llamaban vaquero, se me resbalaron quedito las pezuñas y me creció el sombrero, aunque solo en mi cabeza era una vaca loca, en realidad, seguía trayendo mi uniforme de  vacuno y la reina esa me llamó así porque tenía cara de triunfo, como la que tendría por los siguientes años hasta que estuviera harto, de eso y de dormir en la calle, porque todavía ni pasaba la primera noche y ya tenía una cita con una jainita jaloneada. Me sentí en una historia de borracho, de esas que funcionan por la exageración, pero te juro que yo no exagero, nos quedamos en la Dos Naciones bebiendo cebadoras de la punta del Ajusco hasta las seis, cuando llegó la Jaina y me dijo que estaba muy borracho como para ir al cine con ella.

“Yo te quiero llevar a donde pellizcan los vaqueros”. Le contesté, mientras se me iba la mirada por las luces de la Dos Naciones, y ya cuando andaba por la calle me regresó de una bofetada, “vine desde bien retirado para que me lleves al cine, invítame una cebadora y preséntame respetos” 

El Fernando no paraba de reír, y es que todo andaba bien tirado a la desgracia, mi cuerpo me respondía la mitad de las órdenes, no podía ni siquiera pagar las veinte cebadoras que nos habíamos bebido. Pero entonces el champe se paró de un brinco, pagó sus cebadoras y le dijo a la jaina que fuera lo que fuera me llevara a dormir a la Alameda. Salió corriendo bien rampante después de agarrarle la nalga a una reina con sobre peso. 

Caminamos al principio quedito, porque andaba navegando entre el cielo y el infierno, ya afuera agarré coraje y le comenté que quería que se divirtiera, que de noche todos los champes somos mejores. Esperamos al atardecer juntos, sentados en una banqueta, los trolebuses pasaban recio, en una de ésas nos dieron tanto frío que hasta me pidió que la abrazara, le dije que estaba bien guapa, que quería presentarle respetos en una sala de cine. 

La película era de bomberos, casi ni la vimos, le metí la mano y le toqué el duraznito, me la quitó y me dijo que tenía 16 años, yo le dije que no importaba, que yo era un vaquero educado en los mejores criaderos. Ese día descubrí que el duraznito sabe a todo, menos a durazno. 

Ya entrada la noche, caminando rebosantes por la Alameda, la invité a amanecer conmigo, a compartir mi primera champeadora en mi vida de calle. Estuve a punto de convencerla, pero pasamos por una entrada de metro.  Entonces la Zamara se fue cabalgando bien tierna, bien holgada por mis manos de vaquero, hasta que descendió las escaleras de la estación Allende. Regresé con el vació en la panza, pensé en correr y besarla antes de que comprara el boleto, pero era inútil, las reinas no eran mi especialidad.

La Alameda estaba poblada de vacas locas, unos jugaban cartas, otros se reían de los nombres en las placas de los coches, llegué con el Fernando bien gayolo, andaba platicando con unos tipos que después entendí eran los integrantes de la reunión loca, los cuales eran tres cuando en realidad se formaban por cinco, a los otros dos los habían capturado los altos “Es que los champes anduvieron quemando árboles para iluminar las calles de vacunos”, me gustó que quemaran vacunos y me senté para escuchar el plan para liberar a esas truchas de mar.

“¿Cómo te fue con la jaina?” Me preguntó el champe Fernando en una de las pausas que se trataban de refrescarse  la conversación con cebadoras. Le conté todo menos lo del duraznito, y le dije que la reinas eran traicioneras, que no me dejara otra vez salir con una porque me ponía de malas. Y las malas no eran las jainas, sino el formoloso que se me andaba formando en el corazón, desde entonces yo creo que me crecía la corbata, porque tiempo después te juro que estaba harto, con dos años en la calle ya uno no pisa el mundo con las mismas pezuñas,  se le acaba la cuerda de vaca loca. Dos años después, ni siquiera la Zamara se me acercaba. Uno está joven un día y al otro se da cuenta de que vive en un muro transparente, nada de libertad, sólo la gran mentira que se beben día con día, todas las vacas locas.

VAQUEROS

                                                                   Capítulo 1

Estaba fastidiado. Cualquiera después de dormir por dos años en la calle lo estaría. Tal vez no fueron todos los días, pero era casi como las jornadas de estos muchachos recubiertos con nylon. Fernando y yo los llamábamos vacunos.

En esos días, ya no era cómodo ser una vaca loca, daban ganas de, no sé, quedarse quieto entre toda la vacunada para ver a tu granjero a los ojos y decirle: “yo fui una vaca loca”.

Para eso, claro está, necesitaba de un trabajo. El problema era que Fernando era mi champe y no le iba a gustar que yo me fuera a pastar con los vacunos. Al cabecilla éste lo conocí en la escuela, sentados los dos en esos asquerosos pupitres, que seguramente habían usado nuestros padres e incluso nuestros abuelos, porque más que pupitres, parecían vacas de madera listas para pastarte la conciencia.

Día a día en la escuela nos quitaban materias para darnos nuevos temas sin sentido, y cuando ya no se les ocurría nada, preferían dejarnos patear pelotas contra una pared. Una vez me tocó estar en la pared. Recuerdo que los profesores estaban lejos y yo tenía un yeso enorme en el brazo izquierdo. No les importó a los vacunos que tuviera un brazo inmóvil, quizás lo que les molestaba era el hecho de que me pasara todo el día mirando hacia la ventana. Me preguntaban: “¿qué champe haces mirando hacia esa ventana, Solís?”. Y yo contestaba con rabia, porque lo que estaba mirando en esa ventana era más importante que toda la educación escolar: “un muro que me defiende de los formolosos, como tú”.

El yeso no recuerdo cómo lo merecí, aunque en realidad, eso es lo que menos importa. Los profesores estaban lejos y los champes estos empezaron a patear la pelota contra el mismo muro del que yo estaba enamorado. Me molestaba que no lo respetaran, ver cómo le salía polvo como si fueran lágrimas. Indefenso. Intenté protegerlo porque lo amaba. Me gustó sentir sus pelotazos, sus burlas, el sonido del balón dirigiéndose hacia mi rostro, la sangre salpicada en el patio.  Incluso llegó a excitarme. Tú seguro has sentido algo así cuando te muerdes los labios.

Normalmente estos sacrificios duraban hasta que caía inconsciente o algún profesor llegaba, pero en esa ocasión apareció Fernando, que era el champe más popular de la escuela, y me hizo la pregunta, que originó toda mi vida de calle:

“¿No te gustaría más verle las nalgas al mundo, vaquero? Defenderle la falda es una actitud de granja, ya deja este pastadero y acompáñame”.

Todos respetaban a Fernando, así que dijeron nada.

En ese entonces, el Fernando era un muchacho alto, con bigote ya bastante entrado, y una voz tractora que hacía a todas las jainitas de la escuela enmielarse cuando pedía permiso para pasar tarde al salón. Era tal la actitud merecedora del champe, que hasta las maestras se enmielaban con su presencia. Le decían: “pase compañero Corintio, seguro viene desde bien retirado”, y después le sonreían mientras cruzaban las piernas para esconder no sé qué reacciones ganaderas ahí adentro. Creo que para ese entonces el Fernando ya había dejado potables a varias, sin embargo, con ese champe no se sabe, nunca se sabe si te está engañando para que hagas lo que quiere o hace lo que quiere para que te engañes, las intenciones de algunos cabecillas en esta ciudad formolosa son impredecibles, ves una carota de amabilidad sin imaginar que ya te están clavando la afeitadora.

Con gusto digo que ya había dejado potables a varías, porque me llevó a un salón vacío y me ordenó que me sentara a esperarlo. La luz del mediodía casi no entraba en esa cueva de cabecillas, hasta empecé a imaginar que las bancas gemían. No sé cuánto tiempo después llegó el Fernando y me dijo que presentara respetos, para mi sorpresa, lo andaba siguiendo la Maira Suárez.

Maira Suárez era mi maestra favorita de toda la escuela vacuna, madurada cinco años antes que nosotros, parecía una compañerita voluptuosa. Enseñaba letras desde aquel año y todos en la escuela se comían las uñas por merecerla. En varías ocasiones me encontré con varios vaqueros tras las rejas de la institución, después de pedirle un café, o en el caso de los más formolosos, unas copitas en la Dos Naciones.

Al entrar, la jainita me vio en seco y se quedó toda embalsamada, el Fernando le habló pero no se movía. “Maira”, le empezó a gritar, “Maira, ráyate un poco frente al champe éste, ya álzate la falda”. Como hielo siguió por varios minutos. Hasta parecía muerta. Me asusté porque pensé que era culpa mía, no sabía bien qué había hecho, pero sucedió justo cuando me vio en el salón.

Su mirada rasguñaba y yo sólo quería que se alzara la falda, pero la reina siguió tensa, sus piernas blancas, tensas,  quieta, como si fuera una pared. Que venga alguien a darte balonazos, pensaba. Y le dije: “¿quieres unos balonazos o qué?”.

Entonces movió los ojos, hacia arriba, hacia abajo, y un desagüe de espuma le salió de la boca y salpicó el suelo, parecía lavadora. Fernando corrió a abrazarla mientras le decía: “ya jainita, lo hiciste bien”.

Salieron del salón y yo me quedé mirando la espuma que había salido de su trompa, poco a poco se volvió un reflejo del mediodía. Otra vez, las bancas se pusieron a gemir en su lenguaje desconocido.

“La dejaste merecidísima” dijo Fernando encendiendo la luz del salón. “¿Le viste las nalgas?”. Moví la cabeza de la pared a la ventana y de la ventana a la pared. “Qué vacuno, protocolos de vacuno, seguro también quieres que te saquen leche y hagan queso y se los den de comer a más vacunos”. Bajé la mirada hacia la saliva de la Maira, un foco enorme y varías sombras de monstruo se peleaban para ganarse el reflejo. El brazo me dolía,  todo en realidad me dolía. Ya no era como morderse los labios. El Fernando era un champe fuerte, yo sólo quería ver planas, ladrillos apilados, algo para protegerme de algo, ya sabes, como cuando te metes debajo de la mesa porque todo el mundo anda bien loren ipsum. Mundo y ciudad planeada de lorem ipsum. Demasiadas letras sin sentido en nuestra cabeza, nos educaron para ser guapos aunque seamos feos y yo estaba fastidiado, de eso y de amar una pared.

El champe este se burlaba de mí, esa Maira estaba enferma y él sabía como activarle la enfermedad. Todo era una broma, me trataba como si fuera una jainita, rebosándome el intelecto, bien mantequilla sobre galleta quemada. Tanto, que le dije:

  Ya mejor enséñame a ser vaquero, deja de pastarme la paciencia.

 Hay que intentar saltar tu amada pared primero.

Intente saltarla pero no se me dio el salto a la primera, pensé que el Fernando se enojaría y terminaría gobernándome la cara a golpes, pero el champe se quedó mirando a la pared y luego a mí y luego a la pared, después me dio un balón, después me dijo que pateara el balón.

El timbre de la vacunada sonó, toda esa raza de cabecillas se metieron a sus salones. Esperé que las Mairas nos metieran también pero las abiertas esas vieron que estaba con su potable y dijeron nada. Me quedé solo frente al reto de un champe que durante toda la escuela se había comportado como si no existiera, porque es eso era lo que quería, estar sentado al fondo del salón sin existir, esperando a que se construyeran más paredes, después tal vez encontrar a más champes como yo para platicar sobre paredes, seguir en la inexistencia. Pero el champe este me dijo formoloso y me choca que me digan formoloso. Me choca que me reten, por eso Fernando pudo convencerme de todo. Alcé la pata hacia atrás.

El primer pumba casi me rebota en la cara. Fernando colocó de nuevo el balón, tenía ganas de vomitar antes de tirar segundo pumba. Más polvo y hasta creo que se marcó la circunferencia en la pared. “Ya no quiero pegarle a esta jainita” le dije mientras se me salían las lágrimas de granjero.

Dos golpes para gobernarme la cara, “esa no es una jainita, reacciona”, dos golpes más en para gobernarme el yeso. “Reacciona, camarada granjero”

No sé cuántos minutos en el suelo y el champe ese puso de nuevo el balón en su lugar, todavía me escurría el sentimiento pero pateé, y grité, y me excité y pensé en las nalgas de la Maira rebotando en mi cara y que eso era el mundo y que yo le estaba oliendo el duraznito al mundo. Se le cuarteó el impacto a la pared. Caí de ojos al suelo bien exhausto  No sé cuantos minutos ahí y el Fernando puso el balón en su lugar otra vez, pero yo ya no podía pararme, le dije, me pateó en el estómago, le dije que así menos y me pateó la cara. Empecé a odiar a la pared cuando dejó de escurrirme el sentimiento. “No te puede defender de las patas, ya entiéndelo mi camarada granjero”, me dijo.

 Detesto que me digan granjero, pero eso patee la última vez, y ya ahí sin pensar en nada, presumo que esa fue la primera que merecí el apodo de vaca loca, ni me dolía el pasado, ni me dolía escaparme de la escuela vacuna. Mis criaderos no supieron que había dejado la educación hasta días después, te digo que lo mío era la inexistencia, y después de dos años estaba harto, como una trucha de su mar, porque yo era una trucha de criadero, aunque tampoco mis criaderos llamaran a la policía, de poco les hubiera servido. Todos sabían cuál era mi mar y mi mar era andar de vaca loca con el Fernando, buscando jainitas en el centro de la ciudad de México, para enseñarles lo que era despertar bien potables, bien despiertas, bien libres con un champe sin dinero y fastidiado de dormir todos los días en la calle. De poco les hubiera servido buscarme. Los vacunos saben bien cuando uno de los suyos ya está perdido. 

SESENTA Y OCHO

68 es una novela internet, se publica cada cierto tiempo en tumblr y aún no está terminada, es más, sólo tengo escrito el primer capítulo y no planeo escribir el segundo hasta ver la reacción del público y, a partir de eso, seguir escribiendo. Soy de la idea que esta novela debe de ser una novela fresca, con la garantía de que todo lo que leas lleva menos de un mes de haber salido de mis dedos. No sé sabe cuantos capítulos tendrá, no se sabe el final, nadie la ha leído en su totalidad. Se publica en tumblr porque tumblr es una plataforma que permite la fácil viralización de texto y además, está bien vergas.

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